Una historia de cuerpos abiertos

Una investigadora examina la imagen extrema de la mujer en el arte reciente




  Juan Manuel Játiva   Valencia  14 OCT 2012 - 23:15 CET2




El tríptico ‘Lo llevo puesto’, de Martha Amarocho.


¿La visión de una himenoplastia en directo parece fuerte? ¿O lo parece más la visión de un cuerpo tras el tratamiento por cáncer de mama? Tan solo son obras de arte que “pretenden crear una conciencia”, subraya la historiadora Irene Ballester (Alicante, 1979), que examina en su libro El cuerpo abierto la historia de las representaciones extremas de la mujer en el arte contemporáneo. Himenoplastia es un vídeo de la guatemalteca Regina José Galindo. Intravenus series # 1 June es una fotografía de la pionera norteamericana Hanna Wilke, fallecida por cáncer en 1993. No solo tienen en común el género de la mirada y de la protagonista, sino que, además, esta es en ambos casos la propia autora.

“Son imágenes que de alguna manera, como nuestra vista no está acostumbrada a ellas, pueden repeler, claro”, reconoce Ballester. Pero es que “un arte contra la violencia de género es un arte de denuncia, porque a estas alturas de la vida, un arte esteticista no tiene sentido”, argumenta en la construcción de un relato de los siglos XX y XXI que se sitúa al otro lado de una historia del arte en la que “los cuerpos femeninos han sido pintados o esculpidos desnudos para el disfrute del hombre”.

“Cuando el cuerpo de una mujer artista se abre aparece el dolory la ira”, dice Ballester

De hecho, recapitula, los hombres maduros y con arrugas sí que han sido representados en el arte occidental y son, por ejemplo, apóstoles, son personas sabias, santos o patriarcas. En cambio, “las mujeres viejas son sinónimo de brujas”, ironiza. Y cuando Tamara de Lempicka pinta a una anciana monja, muy lejos del glamour y voluptuosidad a que tenía acostumbrados a sus admiradores, el resultado, Madre superiora, se considera uno de sus peores cuadros. Alice Neel se hizo su primer autorretrato a los 80 años y se desnudó para ello. Margi Geerlinks incluyó en su serie Mothers una mujer anciana dando un pecho a un recién nacido. Y Cindy Sherman se vistió caracterizada de vieja como en un lienzo holandés del XVII y medio desnuda para agitar una vez más conciencias.
En el vídeo de Regina José Galindo se trata de que el espectador o la espectadora se pregunte por qué la autora se reconstruye el himen, y entonces averigüe qué sucede porque “hay una sociedad que lo pide, es una membrana que implica pureza tuya y de tu familia y eso todavía pasa, con la etnia gitana, en México, en países árabes, por ejemplo”. Tras publicar el libro, a Irene Ballester había personas que le decían “qué portada más fea, feísima y ¿esta quién es?”. Pues esta es El ángel de la anatomía, una pintura de la argentina Leonor Fini en la que la artista se muestra descarnada, todo huesos excepto el pelo y el rostro, en una imagen algo tétrica, impactante. Aunque no fue surrealista, Fini estuvo en el círculo de los surrealistas y “fue considerada una musa cuando era una artista por derecho propio, igual que Meret Oppenheim”, reclama Ballester, que recuerda haber cursado la licenciatura de Historia del Arte “sin que se hablara de mujeres artistas, ni en el Renacimiento ni en la edad contemporánea”.


Irene Ballester, con su libro. / MÒNICA TORRES



La alicantina decidió desquitarse de tal carencia en la tesis doctoral, tomando como punto de partida dos obras de arte, la citada de Fini y La columna rota de Frida Kahlo, no por causalidad nacidas las dos en 1907. “Son dos obras en las que ambas, de alguna manera, se desgarran en su interior”, observa la historiadora. Son, en definitiva, como “cuerpos abiertos”, una terminología que adoptó en el doctorado de su profesora, la escritora Pilar Pedraza. Son cuerpos que se convierten en “lienzos de expresión”, que hablan por sí solos. “Cuando el cuerpo de una mujer artista se abre”, escribe Pedraza en el prólogo del libro, “cesa toda algarabía mercantil, carnavalesca, religiosa, o mágica y aparecen el dolor, la ira y la descalificación en toda su crudeza”. Volviendo a su referente, Ballester recuerda que “Kahlo fue la primera en hablar de violencia de género cuando en los años 40 ni se sabía qué era eso”. El relato discurre a través de la vida y producción de artistas que en su obra “habían denunciado la violencia de género, los abusos del patriarcado, el sometimiento, o la maternidad obligada”.
Algunas son reconocidas, como Meret Oppenheim, Marina Abramovic, Claude Cauhn o Cindy Sherman. Otras menos, como es el caso de Hanna Höch, una fotomontadora “solo recordada por los dadaístas porque preparaba los bocadillos en las reuniones de sus colegas”. La guatemalteca Regina José Galindo está bien respaldada por los galeristas y la mexicana Lorena Wolffer ha presentado su obra por diversos países de Europa y América. Wolffer, como la colombiana Martha Amorocho, que fue víctima de una violación en su infancia, es una de esas artistas abundantes en el estudio de Ballester, que “han convertido su arte y su cuerpo en una plataforma para denunciar los abusos de la violencia de género y el feminicidio”.
En marzo, esta dirigió un proyecto en el Matadero de Madrid en el que entre otros trabajos, se presentaba Mientras dormíamos, donde Wolffer reproduce en su propio cuerpo, con un plumón quirúrgico, “cada uno de los golpes, cortadas y balazos” sufridos por las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Así transforma su cuerpo “en un vehículo de representación de la violencia hacia la mujer” en esta ciudad, “hoy aparentemente institucionalizada”.
La artista mexicana participa en la exposición In-out house, que se inaugura este lunes en la Universidad Politécnica de Valencia, con el subtítulo Circuitos de género y violencia en la era tecnológica, comisariada por Mau Monleón y con la colaboración de Ballester. La más conocida de las artistas incluidas en la muestra politécnica es la veterana estadounidense Suzanne Lacy, de la que Ballester recuerda la performance titulada In morning and in rage, en la que escenificó, en 1977, frente al Ayuntamiento de Los Ángeles la denuncia por la violación de diez mujeres y la pasividad policial. “Es una acción pionera consistente en apropiarse del espacio público para denunciar la agresión a las mujeres”, apunta la historiadora alicantina.
Con el tríptico Lo llevo puesto se presentará Martha Amorocho. Diversas manos masculinas se deslizan por su cuerpo, reproduciendo las sensaciones desagradables de la violación que sufrió en su infancia. Es un tema recordado también en Por mi culpa, por mi gran culpa, donde su piel aparece marcada por clavos, recordando a la fotógrafa alemana Grete Stern, amenazada por clavos en una de sus célebres escenas oníricas. Las imágenes extremas en estos casos no solo muestran el sufrimiento y denuncian las causas, también tienen efectos catárticos.

En El País.

Una historia de cuerpos abiertos

Una investigadora examina la imagen extrema de la mujer en el arte reciente

El tríptico ‘Lo llevo puesto’, de Martha Amarocho.

¿La visión de una himenoplastia en directo parece fuerte? ¿O lo parece más la visión de un cuerpo tras el tratamiento por cáncer de mama? Tan solo son obras de arte que “pretenden crear una conciencia”, subraya la historiadora Irene Ballester (Alicante, 1979), que examina en su libro El cuerpo abierto la historia de las representaciones extremas de la mujer en el arte contemporáneo. Himenoplastia es un vídeo de la guatemalteca Regina José Galindo. Intravenus series # 1 June es una fotografía de la pionera norteamericana Hanna Wilke, fallecida por cáncer en 1993. No solo tienen en común el género de la mirada y de la protagonista, sino que, además, esta es en ambos casos la propia autora.

“Son imágenes que de alguna manera, como nuestra vista no está acostumbrada a ellas, pueden repeler, claro”, reconoce Ballester. Pero es que “un arte contra la violencia de género es un arte de denuncia, porque a estas alturas de la vida, un arte esteticista no tiene sentido”, argumenta en la construcción de un relato de los siglos XX y XXI que se sitúa al otro lado de una historia del arte en la que “los cuerpos femeninos han sido pintados o esculpidos desnudos para el disfrute del hombre”.

“Cuando el cuerpo de una mujer artista se abre aparece el dolory la ira”, dice Ballester

De hecho, recapitula, los hombres maduros y con arrugas sí que han sido representados en el arte occidental y son, por ejemplo, apóstoles, son personas sabias, santos o patriarcas. En cambio, “las mujeres viejas son sinónimo de brujas”, ironiza. Y cuando Tamara de Lempicka pinta a una anciana monja, muy lejos del glamour y voluptuosidad a que tenía acostumbrados a sus admiradores, el resultado, Madre superiora, se considera uno de sus peores cuadros. Alice Neel se hizo su primer autorretrato a los 80 años y se desnudó para ello. Margi Geerlinks incluyó en su serie Mothers una mujer anciana dando un pecho a un recién nacido. Y Cindy Sherman se vistió caracterizada de vieja como en un lienzo holandés del XVII y medio desnuda para agitar una vez más conciencias.

En el vídeo de Regina José Galindo se trata de que el espectador o la espectadora se pregunte por qué la autora se reconstruye el himen, y entonces averigüe qué sucede porque “hay una sociedad que lo pide, es una membrana que implica pureza tuya y de tu familia y eso todavía pasa, con la etnia gitana, en México, en países árabes, por ejemplo”. Tras publicar el libro, a Irene Ballester había personas que le decían “qué portada más fea, feísima y ¿esta quién es?”. Pues esta es El ángel de la anatomía, una pintura de la argentina Leonor Fini en la que la artista se muestra descarnada, todo huesos excepto el pelo y el rostro, en una imagen algo tétrica, impactante. Aunque no fue surrealista, Fini estuvo en el círculo de los surrealistas y “fue considerada una musa cuando era una artista por derecho propio, igual que Meret Oppenheim”, reclama Ballester, que recuerda haber cursado la licenciatura de Historia del Arte “sin que se hablara de mujeres artistas, ni en el Renacimiento ni en la edad contemporánea”.

Irene Ballester, con su libro. / MÒNICA TORRES

La alicantina decidió desquitarse de tal carencia en la tesis doctoral, tomando como punto de partida dos obras de arte, la citada de Fini y La columna rota de Frida Kahlo, no por causalidad nacidas las dos en 1907. “Son dos obras en las que ambas, de alguna manera, se desgarran en su interior”, observa la historiadora. Son, en definitiva, como “cuerpos abiertos”, una terminología que adoptó en el doctorado de su profesora, la escritora Pilar Pedraza. Son cuerpos que se convierten en “lienzos de expresión”, que hablan por sí solos. “Cuando el cuerpo de una mujer artista se abre”, escribe Pedraza en el prólogo del libro, “cesa toda algarabía mercantil, carnavalesca, religiosa, o mágica y aparecen el dolor, la ira y la descalificación en toda su crudeza”. Volviendo a su referente, Ballester recuerda que “Kahlo fue la primera en hablar de violencia de género cuando en los años 40 ni se sabía qué era eso”. El relato discurre a través de la vida y producción de artistas que en su obra “habían denunciado la violencia de género, los abusos del patriarcado, el sometimiento, o la maternidad obligada”.

Algunas son reconocidas, como Meret Oppenheim, Marina Abramovic, Claude Cauhn o Cindy Sherman. Otras menos, como es el caso de Hanna Höch, una fotomontadora “solo recordada por los dadaístas porque preparaba los bocadillos en las reuniones de sus colegas”. La guatemalteca Regina José Galindo está bien respaldada por los galeristas y la mexicana Lorena Wolffer ha presentado su obra por diversos países de Europa y América. Wolffer, como la colombiana Martha Amorocho, que fue víctima de una violación en su infancia, es una de esas artistas abundantes en el estudio de Ballester, que “han convertido su arte y su cuerpo en una plataforma para denunciar los abusos de la violencia de género y el feminicidio”.

En marzo, esta dirigió un proyecto en el Matadero de Madrid en el que entre otros trabajos, se presentaba Mientras dormíamos, donde Wolffer reproduce en su propio cuerpo, con un plumón quirúrgico, “cada uno de los golpes, cortadas y balazos” sufridos por las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Así transforma su cuerpo “en un vehículo de representación de la violencia hacia la mujer” en esta ciudad, “hoy aparentemente institucionalizada”.

La artista mexicana participa en la exposición In-out house, que se inaugura este lunes en la Universidad Politécnica de Valencia, con el subtítulo Circuitos de género y violencia en la era tecnológica, comisariada por Mau Monleón y con la colaboración de Ballester. La más conocida de las artistas incluidas en la muestra politécnica es la veterana estadounidense Suzanne Lacy, de la que Ballester recuerda la performance titulada In morning and in rage, en la que escenificó, en 1977, frente al Ayuntamiento de Los Ángeles la denuncia por la violación de diez mujeres y la pasividad policial. “Es una acción pionera consistente en apropiarse del espacio público para denunciar la agresión a las mujeres”, apunta la historiadora alicantina.

Con el tríptico Lo llevo puesto se presentará Martha Amorocho. Diversas manos masculinas se deslizan por su cuerpo, reproduciendo las sensaciones desagradables de la violación que sufrió en su infancia. Es un tema recordado también en Por mi culpa, por mi gran culpa, donde su piel aparece marcada por clavos, recordando a la fotógrafa alemana Grete Stern, amenazada por clavos en una de sus célebres escenas oníricas. Las imágenes extremas en estos casos no solo muestran el sufrimiento y denuncian las causas, también tienen efectos catárticos.

En El País.